martes, 12 de junio de 2012

Un enojo de Dios.

Recién había iniciado su ministerio de casi 40 años Jeremías, y apenas lo estaba enviando Dios a profetizar en contra de su pueblo Israel, apenas también Jeremías estaba cuestionando a Dios del por qué del castigo hacia sus amados (recordemos que lo estaba enviando a profetizar un cautiverio de 70 años con los babilonios), cuando Dios le hace una afirmación contundente y que nos deja también a nosotros una gran lección.

¿Acaso alguna nación ha cambiado sus dioses, aunque no son dioses? (Jeremías 2:11). Esa era la actitud del pueblo de Dios que había lastimado profundamente el corazón de Dios. Habiéndo él mostrado todo su poder al sacarlos de Egipto con grandes maravillas; habiéndolos mantenido milagrosamente en el desierto con maná por 40 años; habiéndoles dado victoria sobre pueblos guerreros por excelencia, sin ser ellos mismos guerreros; habiéndolos colocado en una tierra tan buena, que ni ellos mismos se imaginaron que fuera tan buena sino hasta cuando la fueron a inspeccionar; habiéndo Dios ridiculizado a los dioses de todas esas naciones demostrando que él si era Dios... ahora resultaba que la única nación sobre la faz de la tierra que cambiaba a su Dios por otros dioeses, era el pueblo escogido.

Nosotros hacemos lo mismo cuando confiamos más en los recursos que nos puede brindar el mundo (Egipto), que cuando nos hincamos a rogar a Dios que nos dé un salida. Cuando esperamos más de las personas que de él. Cuando le contamos nuestras penas primero al hombre que a Dios. Cuando esperamos que nuestra respuesta venga materialmente antes que espiritualmente. Eso enoja a Dios. Meditemos.

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